Capítulo 4: Very Important Paula

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Y por arte de magia, en medio de una lluvia de diminutas estrellas azules, Paula se transformó delante del espejo del vestíbulo. Sus curvas se marcaron gracias a lo que parecía ser ropa interior de la mejor calidad, y se envolvieron en un vestido wrap de color chocolate.

“¡Es un vestido como el tuyo, Lulú! Me encanta”, dijo Paula con los ojos brillantes de emoción.

“Ya me había dado cuenta de que te había gustado mi vestido, y nunca falla, tiene un corte muy sentador” asintió Lulú. “¿Y qué me dices de los accesorios? ¿Y el maquillaje?”

Paula se admiró en el espejo, dando vueltas y observando cada detalle. El maquillaje era discreto y favorecedor, perfecto para la oficina. No estaba acostumbrada a llevar los labios rojos, pero debía admitir que le quedaba muy bien. Qué lejos estaba este look del suyo habitual, en tonos grisáceos o beiges. El color de este vestido le hacía pensar en un chocolate entre amargo y con leche, era un color cálido que combinaba muy bien con el rojo de los labios y los accesorios.

“¡Los accesorios!”, suspiró Paula, “Lulú, qué belleza el collar y los zapatos, no se puede creer que sean tan cómodos.”

Los zapatos eran rojos, con un tacón de madera bastante más alto que su calzado usual, pero ancho y cuadrado, lo que, junto con una discreta plataforma y un acolchado interior, los hacía sumamente confortables.

El conjunto lo completaba un collar corto hecho de una gruesa cadena dorada y tres bolas rojas de cristal opaco.

Paula pensó que hacía tiempo que no se veía tan bella y atractiva. O mejor dicho, hacía tiempo que ni se veía, y punto. Porque sí, al espejo se miraba, pero a las apuradas y más bien buscándose defectos. Ahora era diferente, podría pasarse horas mirándose y admirándose. La magia de Lulú era magia de la buena.

“Abrígate, Paula, que es hora de irnos”, la interrumpió de sus pensamientos Lulú, y le extendió un trench de color camello, que Paula se quedó boquiabierta al ponérselo, ¡le quedaba como pintado!

“¿Ha venido el auxilio mecánico?”, preguntó Paula.

“No te preocupes por tu coche, que ya está mágicamente arreglado”, rió Lulú. “Hoy tendrás tratamiento VIP y por eso te tengo algo mejor”

Salieron a la calle donde esperaba una larga y brillante limusina negra. ¡Paula quedó boquiabierta!

“¿Es mágica también, Lulú? ¿Es una calabaza con un ratón de chofer?”

“No…¡es Uber!” respondió Lulú entre carcajadas.

Dentro de la limusina, brindaron con bellinis de frambuesa.

“¡Hoy eres VIP! Very Important Paula”, dijo Lulú.

Very borracha Paula si empiezo con los cocktails tan temprano”, rió Paula de buen humor.

Y como la limusina incluía un mini karaoke, entre I Will Survive, Celebration y Girls Just Wanna Have Fun, carcajadas y otra vuelta de bellinis, llegaron a la oficina.

Paula fue directamente a la sala de reunión donde su equipo la recibió con miradas de admiración y halagos por lo bien que se veía. La reunión fue breve y concisa, porque el buen humor de Paula era contagioso, de modo que repasaron la lista de problemas con ánimo de solucionarlos pronto, en vez de detenerse en quejas y acusaciones como usualmente hacían.

Cuando Paula entró en su oficina, se encontró con el más bello bouquet de flores que había visto en vivo y en directo – parecía salido de un cuadro o una película: flores de todo tipo, hortensias, peonías, calas, rosas, todas blanquísimas, combinadas con hojas, helecho, foliaje verde oscuro, en un enorme vaso de cristal, ubicado sobre una mesita y con una tarjetita que leía “¡Feliciades! Con cariño, L”

“Así vale la pena venir a trabajar”, pensó Paula.

Y como tanto bellini le había dado sed, se dirigió hacia la cocina entre miradas curiosas de sus colegas. Paula intentaba adivinar qué estarían pensando, si alguien habría leído la tarjeta firmada por “L”. Tal vez empezaran a rumorear que ella tenía un admirador secreto, o tal vez las flores eran mágicas y sólo Paula podia verlas, pero enseguida decidió pensar menos, y disfrutar más.

En la cocina la esperaba una nueva sorpresa: hermosas jarras de cristal de agua naturalmente saborizada: finas rodajas de pepino, lima, naranja, limón, jengibre se mezclaban con hojas de menta. Paula, deleitada, se llevó una a su escritorio, y disfrutó de la frescura y el aroma.

“Así vale la pena beber agua”, pensó Paula.

El resto de la mañana transcurrió a toda velocidad. Paula observó satisfecha que era capaz de enfocarse en cada email y llamada que recibía, y sin distracciones responder, delegar o agendar para más tarde cada pregunta o pedido que le hacían.

A la hora de comer, Paula recibió un email que simplemente decía “Te espero en la terraza”. Muy intrigada tomó el ascensor hasta el último piso, subió un tramo de escalara, y encontró la puerta de la terraza entreabierta. Era la primera vez que visitaba esta parte del edificio, y al salir al exterior se sorprendió con la maravillosa vista de la ciudad que ofrecía.

Y allí estaba Lulú esperándola al lado de una mesa con un mantel blanquísimo, sobre la cual había unas curiosas fuentes de barro con tapa cónica.

“Son tajines” explicó Lulú destapándolas, “aquí se ha cocido este guiso de cordero con almendras y este otro de pollo con aceitunas y limón. Y en esta otra fuente tenemos couscous con verduras y cilantro”, agregó Lulú mientras servía.

“Y no te preocupes porque esto no es vino tinto” aclaró Lulú mientras Paula la ayudaba sirviendo un líquido color bordó. “Es jugo de granada”.

A Paula le pareció todo absolutamente delicioso, cada bocado estaba lleno de color, texturas y sabores.

“Lulú, está todo exquisito, siento que estoy comiendo con los cinco sentidos”, suspiró Paula.

“Y así debería ser siempre, querida”, respondió dulcemente el hada.

“No vuelvas al escritorio inmediatamente después de comer”, le aconsejó Lulú. “Verás lo bien que te sienta una caminata al aire libre”.

Paula cruzó la calle hacia el parquecito urbano vecino al edificio. Si bien era un parque pequeño, tenía césped, árboles, y pájaros, y Paula se sorprendió pensando que era posible disfrutar de un poco de naturaleza entre los edificios. Un mensaje llegó a su teléfono y la distrajo de sus pensamientos: venía de Lulú, y tenía un enlace a una playlist con sus canciones preferidas.

“¡Esta Lulú está en todas!” se dijo Paula calzándose los auriculares, y se dispuso a disfrutar de la caminata, respirando hondo entre los árboles, mientras recibía los tibios rayos del sol sobre la piel.

Sintiéndose renovada, regresó a la oficina para continuar con su trabajo de todos los días, pero que hoy se sentía tan diferente: las preguntas, problemas y requirimientos seguían llegando, pero Paula lo atendía todo con tanta alegría y celeridad que la bandeja de entradas se iba reduciendo rápidamente.

“¿Será que esta carga de trabajo tan alivianada es también obra de Lulú?”, se preguntó Paula con una sonrisa, y justo en ese momento llegó por email una invitación a una reunión… ¡de parte de la gerencia de Recursos Humanos! Paula se sorprendió y hasta se preocupó un poco, porque era la única invitada, ¿sería que la iban a despedir?

Sacudiéndose de pensamientos negativos, y confiando en que nada malo podría suceder en un día tan maravilloso, Paula se dirigió hasta la sala de reuniones. La coordinadora de RRHH la esperaba en la puerta con una gran sonrisa:

“¡Felicidades Paula! Te tenemos un obsequio, para agradecer tu buen desempeño y dedicación a la compañía”.

Al entrar en la salita de reuniones, Paula observó que estaba transformada en una cabina de masajes como si fuera de un spa de lujo, con camilla, velas, y música suave. Siguiendo las indicaciones de la masajista, Paula se desvistió y se acomodó en la camilla boca abajo. La masajista no era un hada ni un ángel, sino una persona de carne y hueso, pero sus manos parecían de fuera de este mundo, y el masaje relajó a Paula y la hizo sentir como si flotara sobre las nubes. Por el rabillo del ojo notó que en el medio de la alfombra había dibujada una mariposa azul cobalto, y Paula sonrió reconociendo un guiño cómplice de Lulú en la situación.

Paula volvió a su oficina relajada y feliz, se había quedado un poco dormida durante el masaje, y ese descanso le había resultado reparador.

El resto de la tarde siguió transcurriendo de manera fluida. Paula se maravilló al observar cómo seguía enfocada y de buen humor. A cada problema que le traían podía verle el lado positivo y ofrecer una solución rápida y justa.

Un rato antes de la hora de salir, Paula recibió un mensaje de su esposo comunicándole que su reunión fuera de la oficina había terminado antes de lo previsto, por lo cual él podía pasar por el cole a recoger a los niños. Paula se alegró tremendamente, se ahorraría el estrés del diario embotellamiento combinado con el miedo de llegar demasiado tarde al colegio.

Canturreando en voz baja se dirigió a la cocina a buscar algo para merendar antes de salir, como era su costumbre para no llegar hambrienta a casa. Allí encontró nada menos que a Lulú, que la esperaba sentada en la mesita con una bandeja de té de menta fresca, y una bandejita de lo que parecía ser masitas de hojaldre.

“Son baklava”, le aclaró Lulú, “no es hojaldre sino masa fila doblada una y otra vez, ¿qué te parece?”

“Mmmmmhhhh” respondió simplemente Paula, saboreando nueces, almendras, miel, y agua de azahar en los deliciosos bocaditos.

“Parece que te han gustado”, rio Lulú sirviéndole té de menta en un vasito de vidrio de colores, “y que estás teniendo un muy buen día. Ya es hora de ir a casa, y verás que las sorpresas continúan”.

Luego de guardar todo y cerrar el ordenador, Paula bajó al garage donde encontró su coche funcionando perfectamente, como si nada hubiera pasado por la mañana. “Gracias, Lulú”, murmuró con una sonrisa.

Disfrutó del viaje a casa, escuchando música y cantando en voz alta, reconociendo divertida que se estaba aficiando al karaoke. Aunque el tránsito estaba tan problemático como de costumbre, no sentir la presión de tener que llegar a una hora determinada era todo un lujo.

Al entrar en casa sus hijos la recibieron con besos y abrazos. Paula se sintió feliz recibiendo tanto amor, pero por sobre todo al comprobar que la mesa ya estaba puesta.

Su esposo salió a recibirla vistiendo un delantal de cocina.

“Le conté a mi madre que tu coche no arrancó y teníamos un día complicado, así que para darnos una mano nos ha hecho una fuente de lasagna. Fuimos a buscarla de pasada volviendo de la escuela y ahora está calentándose en el horno”, le informó su marido entre más besos y abrazos.

Paula se había quedado sin habla. Miraba a su marido, y la mesa del comedor con mantel y su mejor vajilla.

“La niña ha puesto la mesa”, explicó su esposo, “ha escogido esta vajilla en vez de la de Ikea de todos los días. Es que nunca la usamos y pensamos… ¿por qué no?”

“¡Me parece genial!” rió Paula, un poco preocupada por que se rompiera algún plato de los buenos, pero dispuesta a seguir disfrutando del día lleno de sorpresas.

Sus hijos comenzaron a inflar globos y canturrear “¡fiesta, fiesta!”, mientras Paula conectaba el téfono a los parlantes para bailar todos juntos al ritmo de su nueva playlist.

Casi ni escucharon el timbre, hasta que vieron al padre pasar con una caja que alguien acababa de traer.

“Es un obsequio de la revista de golf a la que estoy subscripto”, comentó el marido de Paula y siguió camino rumbo a la cocina.

Paula estaba pensando que su buena suerte era tan contagiosa que hasta su marido había recibido un regalo, cuando su esposo volvió al comedor con una gran sonrisa y una mirada traviesa que la dejó intrigada.

“La caja en realidad es para ti… son obsequios y muestras bajo el tema ‘Una esposa feliz es una vida feliz’, qué cierto es, mi amor”, le dijo con un beso a su sorprendida mujer.

“¿Y qué tiene la caja?” preguntó Paula intrigada.

“Luego te lo explico, ahora vamos a cenar”, respondió el marido de nuevo con su sonrisa traviesa.

La alegría era contagiosa, y los niños se portaron muy bien durante la cena, sin pelear como de costumbre, y sin protestar a la hora de levantar la mesa y llenar el lavavajillas bajo la supervisión de sus padres.

“Dulces para mi dulce”, susurró el marido trayéndole a Paula una bandeja “Disfrútalo, hoy me encargo yo de la rutina del baño y la historia antes de dormir”.

Padre e hijos se despidieron con un beso de buenas noches, dejando a Paula atónita con su bandeja, que contenía una caja de té de bergamota, y una tableta de chocolate, los dos con el logotipo de una mariposa azul cobalto.

“Por supuesto Lulú tenía que estar detrás de todo esto”, pensó Paula risueña.

El primer bocado de chocolate le quitó la respiración, una explosión de sabor inundó su boca como fuegos artificiales. ¡Paula casi se cae de la silla! Jamás había probado un chocolate de sabor tan intenso y delicioso.

“Puro cacao, azúcar de caña, jengibre”, leyó dos veces, sin poderlo creer. ¿Era eso todo? Tan simple, y tan delicioso. Paula se propuso buscar más chocolate de ese tipo, tan diferente de lo que estaba acostumbrada a conseguir en el supermercado.

Su esposo la sacó de sus pensamientos con un beso.

“¿Tan rápido se han dormido?”, preguntó Paula.

“Dormidos del todo no están, pero han prometido quedarse en su cama y cerrar los ojos. ¿Lista para tu próxima sorpresa?”, y de nuevo le brillaron los ojitos traviesos al marido.

“¿Qué se traerá éste entre manos?” pensó Paula dejándose llevar hasta el baño, que encontró lleno de velas y con la bañera al borde de agua caliente y espuma.

“Disfrútalo, te espero en la cama”, dijo el marido con voz seductora, y a Paula le causo gracia la insinuación de que habría romance siendo lunes y con niños en la casa.

Desde que era madre, Paula tenía su rutina de preparación para la intimidad: mandar a los niños a la casa de los abuelos, peluquería, depilación, reserva en un buen restaurante, mutua seducción durante la salida a cenar para sentir que estaban otra vez de novios. Un día de semana después del trabajo Paula estaba exhausta y sus únicas fantasías de cama eran roncar a pierna suelta.

“¿Pensará éste que una tableta de chocolate y un baño de inmersión son suficientes afrodisíacos?” pensó Paula sumergiéndose en el agua que sorprendentemente tenía la temperatura justa, “Aunque sepan a gloria”, admitió dejándose llevar por la lujosa sensación del baño y el embriagador aroma de lo que parecían ser aceites esenciales.

Paula entró en la habitación envuelta en una toalla esperando encontrar a su marido dormido como de costumbre, pero esta vez él estaba despierto y seguía sonriéndole de manera pícara y seductora.

“Adivina qué más vino de regalo en la caja”, y le mostró a Paula una mariposita vibradora de color azul cobalto.

Paula pensó ruborizada que Lulú se había pasado un poco con este último detalle, pero se dejó llevar por las deliciosas sensaciones que su marido le causaba aprendiendo a usar el juguetito.

“¡Qué día he tenido hoy!”, fue su último pensamiento antes de quedarse dormida, felizmente cansada después de tantas emociones.

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