Capítulo 2: Hada a domicilio

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Un lunes de otoño, después de unas vacaciones que no habían sido más que una versión extendida del típico fin de semana, Paula no consiguió arrancar el auto, y su esposo tuvo que llevar a los niños al colegio.

“¡Se me hace tarde!”, rogó por teléfono al auxilio mecánico para que se apuraran, y a continuación llamó a la oficina para avisar que no llegaría a tiempo a la reunión semanal con su equipo.

Estaba hecha un manojo de nervios cuando sonó el timbre y al abrir la puerta, no encontró un mecánico panzón en overalls como esperaba, sino la mujer más impactante que Paula había visto en su vida.

De cualquier edad posible entre treinta y sesenta, bastante más alta que Paula, sus curvas voluptuosas envueltas en lo que parecía un vestido wrap de Diane von Furstenberg de intenso color azul cobalto, dueña de un peinado y maquillaje impecables, irrumpió:

“¡Hoy es tu día de suerte, guapa! Soy tu hada madrina. ¿Me dejas entrar?”

Y sobre su par de estiletos tan altos que daban vértigo (¿será por eso que me lleva una cabeza? pensó Paula mientras la escaneaba de arriba abajo), la dama entró a la casa de nuestra heroína.

Paula, que estaba vestida con mocasines bajos, blusa celeste y un traje de pantalón beige, no pudo evitar pensar que aquella mujer se veía como una muñeca glamourosa, mientras que ella misma se sentía como una lauchita gris.

“Adelante”, dijo Paula, atónita ante su propia audacia, dejando entrar a una desconocida en su hogar y sorprendiéndose por pensar en el vestuario de ambas, en vez de preguntarse si podía o no ser peligrosa, porque había algo extrañamente familiar en la apariencia y en la voz de la mujer. “Pero si vendes algo te advierto que no tengo ni tiempo ni dinero.”

“Querida, tú y yo sabemos que sí tienes tiempo ahora mismo, porque tu coche no arranca esta mañana y estás esperando el auxilio. Y también las dos sabemos que tienes dinero, porque te dejas la piel trabajando y después de contribuir a la cuenta familiar, tienes tus propios ahorros en la cuenta que llamas “presupuesto para mis lujos”. Pero en vez de darte los lujos, con ese dinero terminas comprándoles cosas a tus hijos”

“Y también pago la peluquería y la depilación”, no pudo evitar protestar Paula.

“¡Niña, esos no son lujos! Son necesidades básicas”

Paula se había quedado helada. Cómo podía esa mujer saber tanto, o leía su mente o le había hackeado la tablet.

“No soy hacker, cariño” explicó Lulú. “Ya te dije que soy tu hada madrina. No necesito leerte la mente, aunque por supuesto lo puedo hacer, es uno de mis fabulosos poderes de hada. Déjame ir directo al grano: te doy seguimiento desde aquel encuentro en el jardín de tu abuela. Sí, ya sé que recordarías haber visto una mariposa azul, pero fui yo, el hada Lulú”.

Y como por arte de magia, Paula recordó la escena como en realidad había sido, y lo que la diminuta personita alada posada en su hombro le había susurrado al oído: “Siempre estaré cerca tuyo y te visitaré si alguna vez me necesitas”.

“El día ha llegado y aquí estoy Paula, pero déjame preguntarte qué ha pasado con esos rizos cobrizos que brillaban al sol, necesitas cambiar de colorista y un baño de crema urgente” rió el hada. “Qué aspecto más simple llevas, con lo mona que eras de pequeña”

Y Paula rompió a llorar “¡Me veo horrible! Tan horrible que si mi propia hada madrina me insulta, no quiero ni imaginar lo que estarán diciendo mis enemigas… aunque con lo aburrida que es mi vida, ni enemigas debo tener.”

Lulú abrazó a Paula con mucho cariño. “Es broma, Paulita… para romper el hielo, para que recuerdes que te conozco desde hace mucho tiempo. Siempre me has parecido encantadora, y de una belleza clásica. Sobre todo el día de tu boda, parecías una princesa como esas de los cuentos de mis colegas.” la intentó consolar Lulú mientras Paula seguía sollozando. “Pues claro que estuve contigo el día de tu boda, no me lo podía perder por nada del mundo. Y que sepas que te di una mano también, le tuve que revolotear disfrazada de abeja alrededor a tu cuñado borracho para que no se cayera justo sobre el pastel, pero esa es otra historia.”

Despacio Paula se fue tranquilizando, y entre suspiros miró al hada asombrada. “No sé si creerte o no. Debo estar soñando o alucinando. O mucho peor… ¿acaso me estoy muriendo y me vienes a guiar hacia la luz?”

“¡Pero qué dices, Paula!” Y Lulú lanzó una sonora carcajada. “Siempre has tenido mucha imaginación. No te asustes, que no vengo por nada malo. Al contrario, te traigo muy buenas noticias. Pero primero hay ciertas cosas que debo contarte.

Hace muchos, muchos años, las mujeres no vivían tanto como ahora. Nuestro trabajo de hadas era mucho más simple: enganchábamos a la protagonista con el príncipe, la poníamos a tener hijos, y ya está: ¡fueron felices por siempre jamás! Si total tarde o temprano se nos moría en el parto, o le cumplía los 15 años la hija, que se volvía la nueva protagonista, y vuelta a empezar. Era la época dorada de las hadas, Paulita, porque ahora es muy diferente: con casarlas y que se reproduzcan no alcanza, así que las hadas hemos tenido que renovarnos. El problema es que mientras tanto a las pequeñas les han seguido contando los mismos cuentos, luego las pobres descubren demasiado tarde que el matrimonio y la maternidad no significan la felicidad eterna… ¡y así las hadas estamos que no damos abasto!

Para complicar las cosas ha venido el feminismo, y mientras por una oreja les han seguido contando los mismos cuentos de siempre, por la otra oreja les han dicho que pueden hacer lo que hacen los hombres, estudiar las mismas profesiones, tener los mismos trabajos. ¿Verdad que sí, Paula? Y por supuesto que es cierto que puedes, si de verdad lo quieres… si de verdad te aguantas que te paguen menos que a ellos, si de verdad aceptas que al volver a casa cada noche encontrarás que todavía tienes todo por hacer. Todo lo que las mujeres que no trabajan hacen entre las 8 de la mañana y las 7 de la tarde, eso lo tienes que hacer tú entre las 7 de la tarde y las 8 de la mañana. Es comprensible que estés agotada y frustrada, y que te dé bronca y sientas que te han engañado.

Pero no llores Paula, no vayas a creer que las mujeres que no trabajan están todas contentas con su suerte. Te lo digo yo que como hada me la paso escuchando los deseos de la gente ¡que sepas que muchas quisieran trabajar! Paulita, si yo te contara la de reclamos que hemos tenido que atender, las solteras quieren casarse, las casadas quisieran volver a tener la libertad de las solteras. Las amas de casa anhelan un empleo, las que trabajan quisieran más tiempo para dedicarse a su familia. No importa cuántos deseos les concedamos, no hay nada que les venga bien. Las hadas ya nos hartamos. Por eso hemos comenzado la campaña.”

“¿La campaña?”, repitió Paula incrédula.

“Sí, la nueva campaña de las hadas. Se llama ´La Vida de Tus Sueños´. Nombre en código ´3Fab´. Está en fase beta, es decir que la estamos testeando. Es la última idea de nuestra Hada Jefa. Como ya no damos abasto, vamos a dejar de concederles deseos a las mujeres. En cambio les vamos a activar sus propios fabupoderes para que sean capaces de materializar la vida de sus sueños, ¡ellas solitas!

Y como la vida de sus sueños irá cambiando, entonces se podrán autoadaptar, y no nos estarán llamando todo el tiempo. Está buenísimo el concepto, ¿verdad, Paula?”, preguntó Lulú entusiasmada.

“Suena bien”, Paula respondió sin entusiasmo. “En teoría. Pero ya tengo suficiente con eso de que me empoderen, se siente como mucha presión, en plan ´ahí te di los fabulosos poderes, ahora demuestra que los sabes usar´. Como bien decías antes, nos han vendido desde niñas que podemos hacer todo lo que queramos, convertirnos en lo que queramos, y al final te das cuenta de que esas expectativas resultan demasiado pesadas. El día tiene 24 horas y a duras penas me alcanzan para que no se me caiga ninguna de las pelotas que como mediocre malabarista torpemente mantengo en el aire. Me vas a disculpar pero yo estoy demasiado cansada como para agregarme a la lista de cosas por hacer ´usar los fabupoderes y cumplir mis sueños´. Gracias, pero no gracias, Lulú. Si me queres ayudar a cumplir mis sueños, entonces hazme ganar la lotería”.

“¿Así que todo lo que quieres es ganar la lotería? Aquí está un billete premiado, ve a cobrarlo a la agencia que aquí te espero”

Paula tomó el billete y salió como disparada.

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