Capítulo 1: Paula y la #mierdavida

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Había una vez una mujer llamada Paula que vivía muy ocupada.

Cada mañana se levantaba muy cansada y de mal humor porque después de darle una y otra vez al botón de snooze del despertador, inevitablemente le parecía que se le hacía tarde.

“¡Vamos, que se hace tarde!”, despertaba a su marido.

“¡Vamos, que se hace tarde!”, despertaba a sus hijitos.

“¡Vamos, que se hace tarde!”, repetía una y otra vez mientras se arreglaba, preparaba el desayuno, armaba viandas de almuerzo, ataba cordones, cerraba mochilas, acomodaba rizos.

“¡Vamos, que se hace tarde!”, y salían rumbo a la escuela.

“Se me hace tarde”, repetía Paula para sus adentros, atascada en el diario embotellamiento mañanero.

Sus días en la oficina estaban llenos de problemas y las horas pasaban a toda velocidad, corriendo de reunión a llamada de conferencia, a responder los e-mails, siempre sintiendo que se hacía tarde, hasta que a las 6 en punto Paula salía disparada, apenada de dejar siempre algo a medio hacer.

“Se me hace tarde”, mascullaba Paula atascada en el embotellamiento vespertino.

Una vez en casa, Paula improvisaba una cena como podía, revisaba la tarea, supervisaba el baño, contaba cuentos, daba besitos de buenas noches, y colapsaba frente a la televisión con una gran tableta de chocolate.

“Mañana empiezo la dieta”, le explicaba Paula a su marido, que le preguntaba cada noche si Paula se terminaría esa caja de bombones… ella sola.

Los fines de semana no representaban ningún alivio: sus pequeños la despertaban muy temprano y Paula se preguntaba, “¿por qué será que los días de semana no los levanto ni con una grúa, pero los fines de semana ya al alba están en pie?”. Paula sabía que no valía la pena interrogarlos, a ella le pasaba lo mismo cuando era una niña, y nunca pudo explicar por qué.

Los sábados y domingos eran dedicados a los peques y sus actividades, a hacer las compras para la semana, a planchar, a ordenar ropa y juguetes.

Así Paula caía rendida cada domingo por la noche otra vez frente a la tele, otra vez con su diaria ración de chocolate, y volvía a despertarse agotada cada lunes.

“Si mi vida fuera un feed de Instagram, mis fotos tendrían el tag #mierdavida”, pensaba Paula cada vez que le tocaba limpiar el vómito del pequeño, que solía marearse y devolver en el coche.

“Los amo con todo mi corazón”, suspiraba Paula, “pero no veo la hora de que puedan limpiarse su propio vómito, plancharse su propio uniforme, prepararse sus propias viandas… mi marido incluido”.

Irse a dormir cada noche sintiéndose más cansada que por la mañana tenía sentido, pero lo de levantarse a la mañana siguiente todavía más cansada que la noche anterior, eso sí era la pura #mierdavida.

Pero sin saberlo Paula, todo estaba a punto de cambiar…

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